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Una noche en la vida de una compositora (Cuento 4)

Ante mi escritorio un gran espejo de labrada moldura cuelga de la pared. Voy y vengo tratando de poner un poco de orden en mis pensamientos. Vuelvo a reproducir en el ordenador la última canción que sonaba hace dos horas. Encima del lecho, restos de una batalla. Resuenan por todo mi estudio acordes en re menor, a ritmo de tresillos bien acentuados, de una guitarra semiacústica: una Rickenbacker 360. Experimento el horror vacui que me provoca, a posteriori, la práctica de mi scientia sexualis, y se me acaban de desordenar las pocas ideas que pueda tener. Sí, es un amplificador con válvulas 6L6 que saturan el sonido, con uno de aquellos altavoces recubiertos de lana áspera y resistente. Sobre el respaldo de una silla, unas medias y un corsé de color negro. Quizá no es una Rickenbacker de cuerpo semivacío de arce y diapasón de palisandro caribeño, sino una Gibson ES-335. Papel pautado esparcido por cualquier parte, algunas hojas garabateadas. ¡Vaya desastre, no sé dónde meter todo esto…!

El cantante, después de la introducción instrumental, modula por los bafles: “You better stop the thing that you’re doing!” Sí, es mejor que suelte mis manuscritos, no sea el caso que se me crucen los cables y acabe tirándolos a la basura, junto con las latas de cerveza, las jarras, el whiskey y el desparrame entero. Canto yo con él: “I put a spell on you”. Te he bien hechizado, amigo mío, pero todavía no eres consciente. Con este tema del algo macabro Screamin’ Jay Hawkins, versionado por la banda californiana Creedence Clearwater Revival, siento nuevamente el mórbido aguijonazo de deseo carnal que me subyugaba hace dos horas. ¿No tiene 24 trastes, la Rickenbacker 360? A estas alturas de la noche no la sabría diferenciar de una Gibson ES-335 de 22 trastes y también de dos pastillas. ¡Qué bien nos lo hemos pasado los dos! ¿Eh, cariño?… Continúa John Fogerty: “I said watch out!” Ya me cuido, o eso preocuro. Y coreo con él: “I ain’t lyin, yeah!” ¡Hala, a freír espárragos!

La compositora resopla y cae rendida en su butaca de trabajo, sus carnes exiguamente cubiertas por un portaligas negro y calzada con zapatos altos de terciopelo. Desgreñada, con unos ojos azabachados y altivos que centellean alternativamente lujuria e inteligencia, revuelve por encima de la mesa hasta dar con la pitillera, se enciende un cigarrillo y cambia la página de YouTube. Tras el humo del tabaco que expele por sus labios voluptuosos, casi despintados por el combate de amor, se le muestra abierta una partitura de bolsillo en que aparecen escritos, de arriba abajo, los siguientes instrumentos: dos flautas, un oboe, dos clarinetes en la, un fagot, dos trompas en fa, timbales, piano, voz, violines primeros divisi, violines segundos divisi, violas divisi, violonchelos divisi y contrabajos. Las claves, armadas con cuatro bemoles (exceptuando los clarinetes que, al ser transpositores, están armados con tres bemoles; y las trompas que, siguiendo la convención clásica, están sin armar); el compás, ternario simple, pero figurado, a veces, como su correspondiente binario compuesto; el tempo, Allegro, a una velocidad de 160 pulsaciones por minuto. “¡A mí el querer me envenena!”, entona, ensimismada, a media voz, la compositora. Esta frase melódica de la partitura, con la indicación “con locura” en la parte de la voz, la hace acompañar el autor por el quinteto de cuerda, el piano, un timbal, dos trompas y un fagot.

Clico play y me estremece la música: “¡A mí me matan las penas! ¡Ay!” Me aclaro la garganta y escupo en una escupidera improvisada. Clico stop y, a cappella, imito la cantaora haciendo un portamento en la cadencia conclusiva, ocho compases antes del final. ¡Dios mio, qué voz tan áspera tengo! He bebido y fumado demasiado hoy. Bueno, ¡céntrate, mujer, céntrate! Debo averiguar cómo consiguió Manuel de Falla tan gran sentimiento. El sintagma “A mí me matan las” está montado sobre un acorde de dominante, y resuelve en un acorde de tónica bajo la palabra “penas”. ¿Y esto qué me explica? Nada en absoluto. La escucho de nuevo y lloro. Me seco los ojos y los fijo en la partitura. Flota mi cerebro, sutilísimamente, sobre unas ligeras partículas de alcohol; lo envuelve una nube densa, gris, blanquecina, que le hace liberar neurotransmisores. Recuerdo que esta mañana he explicado a un discípulo estos compases finales de la Canción del amor dolido, escena tercera del ballet El amor brujo. ¿Cómo diantres transmito a mis alumnos la magnitud de su genio?

“Nota de qué manera la orquesta respira y vive —le decía yo en la clase—, cómo inspira y espira el aire de la sala de conciertos, cómo el autor la dota de vida mediante una alucinada combinación rítmico-tímbrica que hace sentir el amplio aleteo del genio. Escucha la fuerza hembra, nutrida por su furor soterrado en lo más profundo de una caverna, que clama por surgir aquí a través de un acorde de novena menor de dominante con la tercera y la quinta rebajadas. Contextualizándolo, este acorde funciona como un portal que permite entrar en el acorde de tónica gracias a las dos grandes hojas que son las sextas mayores de las violas, desembocando en la nota tónica, y las sextas mayores de los violines segundos, desembocando en la nota dominante. Falla orquesta talmente un orfebre trabaja un metal precioso: incrusta dos quintas justas paralelas a distancia de semitono diatónico descendente, encubriéndolas por una mixtura tímbrica producida por la segunda mitad de las violas y la segunda mitad de los violines segundos, y adiciona dos quintas justas paralelas a distancia de tono ascendente que tocan la primera mitad de las violas y la primera mitad de los violines segundos, creando, ambas, una doble resolución por movimiento armónico contrario. Entona la cantante una melodía polifónica que glosa dos notas estructurales por medio de sonidos extraños a los acordes. Te he hecho una tan desmañada descripción técnica del genio, utlilizando unos instrumentos de medida tan groseros, que no me atrevo a calcular el tamaño de sus alas por miedo de romperlas.”

Siento una voz de mujer que canta: “¡Ven a buscarme en una noche de luna llena para amarte bajo las estrellas!” Y envuelta de lunas de mirada encendida y febril, medio tapándome con un velo de color violeta espectral, matizado de púrpura, bailo para la invisible desconocida sobre mi sima de muerte. Reflejan mis espejos mi nívea desnudez, dentro de mi estudio lleno de estrellas. “Te abrazaré, te besaré y yaceremos juntas, vida mia”, le respondo, también cantando. “¡Nosotros seremos testigos!”, gritan mis espejos, preguntándome, con un vislumbre pícaro, por qué no los rompo. Estoy en soledad. Recuerdo que alguien me acaba de amar. ¿Cuánto hace que he escuchado el crujir del entarimado de madera de mi estudio, y el abandono de una puerta cerrándose por fuera? De la calle subía un silencio denso, gris, blanquecino, que me sometía blandamente a una obediencia difusa… Y me dice un espejo: “Esta eres tú, mírame más al fondo y te verás”. Y miro. Y veo al universo envolviendo a una mujer solitaria que bebe y canta, a una mujer silenciosa que danza y es soñada, a una mujer melancólica que ama y llora, a una compositora cansada que se desvanece dentro de un espejo en la madrugada.

Cuevas del Almanzora, Almería, 31 de agosto de 2019

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