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La musa y la compositora (Cuento 5)

 

Vagueando en la falda occidental de la Sierra del Aguilón, las montañas me impedían ver el mar; magnetizada no tan solo por estar a muy pocos kilómetros al sur de la geoda gigante de Pulpí y al norte del desierto de Tabernas, sino, además, por los movimientos sísmicos que se producen a menudo en la zona, y por el aire caliente proveniente del Sáhara, más allá del mar de Alborán, en una de aquellas primeras tardes de verano, dejaba mi pensamiento en movimiento pendular… Y se me apareció la visión de una telaraña pintada a lápiz, tinta china, sepia y acuarela sobre papel. Recordé que era una pintura que mantenía oculta en la memoria desde mi adolescencia. Y asocié el nombre del pintor al de un escritor que eran amigos, y este, al de un viejo compositor que había sido amigo del anterior. Instintivamente dirigí mi mirada hacia levante por si vislumbraba la cordillera Bética emergiendo de las aguas del Mediterráneo, pero me topé con la cresta del Aguilón: sonreí al pensar que ya no estaba en mi estudio habitual, bajo los jardines de Montjuïc, que paseaba, incluso, en estado de ensoñación.

Bajo aquel sol trágico de Almería, sentada en el jardín con una jarra de cerveza en la mano, a la sombra del cortijo construido por mi bisabuelo materno, rememoraba las partituras de dos de las cinco sinfonías que el viejo compositor había estrenado durante el último tercio del siglo diecinueve. Las estudié en una biblioteca pública hacía ya muchos años. Evocando esas páginas, técnicamente bien escritas y sin telarañas emocionales que las conectasen esencialmente con el ser humano, y la indiferencia absoluta que me produjeron sus posteriores audiciones, concluí que era música muerta; y me dolió un poco que un compositor entusiasta como aquel no hubiese adquirido el don de hacer pervivir su música en el corazón de la gente, más que nada por haberme dejado a mí, compositora establecida bajo la Montaña Mágica al borde del mar, huérfana de bisabuelo artístico: ningún sinfonista ochocentista que hablase mi lengua materna había pasado la prueba del tiempo. Habitaba una casa de un bisabuelo carnal y una tierra carente de bisabuelo espiritual.

El sol iba declinando a lo largo de un lento atardecer y el péndulo de evaporita oscilaba ligeramente delante de mis ojos internos. Pensaba que mi vida era una continua conversación con los muertos; pensaba que con mis ojos escuchaba a los difuntos; pensaba… En lo que pensaba realmente era en las musarañas. Las musarañas siempre me habían interesado sobremanera. Un día me mostraron la foto de una. Yo contesté que no era en aquella bestezuela en lo que pensaba, sino en otra cosa: en una criatura criptozoológica, mitad musa, mitad araña. La musa, cuando se manifiesta, me habla susurrando al oído. La reconozco porque sus palabras y cantos me retornan al origen, la memoria del cual perdí al encarnarme. Es necesario que yo esté atenta, porque estos cantos y palabras no los escucho, sino que los percibo. La araña, por su parte, está por doquier tejiendo los hilos de mi destino y conectándolos con la totalidad, sintetizando el universo.

Mi musa vertió más cerveza en mi jarra mientras a mi alrededor las moscas y los mosquitos iban y venían. Encendí un cigarrillo con la esperanza infundada de que el humo las espantaría. Pensaba que aquellos insectos poseían una inteligencia instintiva y capacidad de supervivencia muy superior al vaivén de armonías y contrapuntos de las sinfonías del viejo compositor. Aquella mezcla de estilos sobre un fondo anímico insustancial que constituía aquellas obras sinfónicas me hicieron sospechar que al compositor le faltaba un hervor, y que, probablemente, no vio nunca la pintura de la araña, ya que, si la hubiese visto, tal vez podía haber sospechado que detrás de la telaraña se oteaba no sólo la vieja villa vista desde el castillo y que da nombre a esta obra, sino alguna cosa más: tres manchas en diagonal que unos troncos de palmera, dispuestos por la mano del hombre, y unas piedras de debajo, las enmarcan: la de la banda superior izquierda que representa el cielo; la del centro, el velo, color pajizo amarillento matizado de verde, con el que se cubre en ocasiones la musa; y la del extremo inferior derecho, las sombras que proyecta el castillo sobre el lecho reseco y traidor del río Almanzora que surca la villa. Y sí, ese viejo compositor podría haber sospechado cosas; esas cosas que solo una compositora ociosa como yo puede oír y escuchar y mostrar al prójimo cuando soy capaz de sobreponerme a mi vagancia, y hacer acopio del arrojo suficiente para bajar la siniestra escarpadura de la rambla y remover las aguas que abajo reposan encharcadas, sucias y venenosas, saliendo luego incólume para transcribir, ya en la tranquilidad de mi estudio, las ondas provocadas en su superficie en frecuencias musicales inteligibles.

Entró mentalmente mi musa dentro de la pintura con el propósito de desvelar su secreto. Hollando un suelo árido salvó el obstáculo que representaba los troncos y la telaraña, pero la rambla le cortó el paso en seco. Su velo flotaba, movido por un débil viento de levante, delante de ella a una distancia imprecisa, tapando buena parte del cielo con un brillo fantasmal. Notaba una mirada clavada en su nuca y giró la cabeza: vio que la araña la observaba atentamente. Le pareció que le indicaba que se fijase en el despeñadero. Dirigió mi musa la mirada a la oquedad llena de tinieblas mientras a su alrededor unos demonios y diablesas iban y venían. Encendió una antorcha con la esperanza infundada de que el humo los espantaría. Caviló que aquellos espíritus poseían una inteligencia instintiva y capacidad de supervivencia muy superior al vaivén de ritos y dogmas de la religión del viejo Satanás, siendo más antiguos que él. Dejó caer la candela a la hoya, y la endeble lumbre, reflejada en unos cristales relucientes como enormes bloques de hielo, le permitió entrever una geoda de proporciones ciclópeas. Imposible retirar el velo para desvelar su desnudez, era inalcanzable; imposible no oír el canto, opaco, espeluznante, rebosante de angustia, del viejo compositor, del viejo castrado lleno de pánico.

En mi sueño, en la parte superior izquierda, una quimera anónima, alada y desnuda, danzaba en medio de un celaje preñado de presagios; en el suelo, en la parte inferior derecha, sobre el pedregal, una bestezuela de largo hocico, color violeta espectral matizado de púrpura, porfiaba, con una agresividad extrema, por tragarse entero el solsticio de verano, trágicamente e inexorable; y en la mitad del velo ondeando silenciosamente sobre la trampilla gigantesca que se abría amenazante con un desmayado destello de muerte, se balanceaba la araña levemente ante mis ojos mentales. La quimera anónima, montada sobre una nube de tonalidad sepia, entre tapándose con el velo, bailaba ahora obscenamente, y mi musa, con sus ojos, me cantaba: “¡Ven a buscarme en una noche de luna llena para amarme bajo las estrellas!” El velo fue envolviendo lenta y suavemente la araña hasta engullirla; y muy despacio, todo fue desvaneciéndose, desvaneciéndose, hasta disiparse por completo. Fuera del sueño ya anochecía. Decidió mi musa entrar en mi cortijo sabiendo que se había producido una síntesis alquímica mientras holgazaneaba a mi vera. Y, mirando por encima de mi hombro, se percató de que el acróstico formado por las primeras palabras de cada uno de los seis párrafos de mi cuento rezaba: Vagueando bajo el sol mi musa entró en mi sueño.

Cuevas del Almanzora, Almería, 18 de julio de 2019

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