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La música y la compositora (Cuento 5)

Vagueando la música en la llanura que se extiende al oeste de la sierra, las montañas le impedían ver el mar; magnetizada no tan solo por estar a muy pocos kilómetros al sur de una geoda gigante y al norte del desierto, sino, además, por los movimientos sísmicos que se producen a menudo en la zona, y por el aire caliente proveniente del Gran Desierto, más allá del mar, la música, en una de aquellas primeras tardes de verano, dejaba su pensamiento en movimiento pendular… Y se le apareció la visión de una telaraña, reconociendo inmediatamente en ella a la famosa tejedora de paños de tintes purpúreos, que mantenía oculta en su memoria desde que se conocieron en la primera infancia. Y asoció el nombre de su padre, el tintorero, al de un compositor antiguo, que eran amigos, y este, al de un viejo compositor, de cuyo nombre no quiso acordarse, que había sido amigo y discípulo del anterior. Instintivamente la música dirigió su mirada hacia Levante por si vislumbraba la Sierra de Tramontana, en la isla, pero se topó con las crestas de la sierra: sonrió al pensar que ya no estaba en su morada habitual, a 41 grados latitud norte, 2 grados longitud este, bajo los jardines de la Montaña Mágica, en la Ciudad Condal, que paseaba, incluso, en estado de ensoñación.

Bajo un trágico sol boreal, sentada en el jardín, a la sombra del cortijo construido por su bisabuelo materno hace muchos, muchísimos años, la música rememoraba las partituras de dos de las cinco sinfonías que el viejo compositor había estrenado durante el último tercio del siglo diecinueve. Las estudió en alguna parte hacía ya tiempo. Evocando esas páginas, técnicamente bien escritas y sin telarañas emocionales que las conectasen esencialmente con el ser humano, y la indiferencia absoluta que le produjeron sus posteriores audiciones, concluyó que era arte muerto; y le dolió un poco que un compositor entusiasta como aquel no hubiese adquirido el don de hacer pervivir su música en el corazón de la gente, más que nada por haberme dejado a mí, compositora establecida también bajo la Montaña Mágica sobre el mar, huérfana de bisabuelo artístico: ningún sinfonista ochocentista que hablase la lengua de esta tierra reseca había pasado la prueba del tiempo. Moro en una casa de un bisabuelo carnal y en una tierra carente de bisabuelo espiritual.

El sol iba declinando a lo largo de un lento atardecer y el péndulo de evaporita oscilaba ligeramente delante de sus ojos internos. Pensaba que su vida era una continua conversación con los muertos; pensaba que con aquellos ojos escuchaba a los difuntos; pensaba… En lo que pensaba realmente era en las musarañas, en esas criaturas criptozoológicas mitad musas, mitad arañas. Cuando se quieren manifestar se comunican contigo susurrando al oído. Las reconoces porque sus palabras y cantos te retornan al origen, la memoria del cual hemos perdido al encarnarnos. Es necesario estar atento, porque estos cantos y palabras no los escuchamos, sino que los percibimos. Asimismo las podemos observar por doquier tejiendo los hilos de nuestro destino y conectándolos con la totalidad, sintetizando el universo.

La música vertió más elixir en el vaso mientras a su alrededor las moscas y los mosquitos iban y venían. Encendió un sahumerio con la esperanza infundada de que el humo las espantaría. Pensaba que aquellos insectos poseían una inteligencia instintiva y capacidad de supervivencia muy superior al vaivén de armonías y contrapuntos de las sinfonías del viejo compositor. Aquella mezcla de estilos sobre el fondo anímico insustancial que constituía aquellas obras sinfónicas le hicieron sospechar que al viejo compositor le faltaba un hervor, y que, probablemente, no llegó a ver nunca la musaraña, ya que, si la hubiese visto, tal vez podía haber sospechado cosas; cosas que solo una compositora ociosa como yo puede oír y escuchar y mostrar al prójimo si es capaz de sobreponerse a su vagancia, y hacer acopio del arrojo suficiente para bajar la siniestra escarpadura y remover las aguas que abajo reposan encharcadas, sucias y venenosas, y salir incólume para transcribir las ondas provocadas en su superficie en frecuencias musicales inteligibles. Ni figurarse pudo que detrás de la telaraña se oteaba no sólo nuestro antiguo cortijo, sino alguna cosa más: tres manchas en diagonal que unos troncos de palmera, dispuestos por la mano del hombre, y unas piedras de debajo, las enmarcan: la de la banda superior izquierda que representa el cielo; la del centro, el velo, color violeta espectral, matizado de púrpura, con el que se cubre en ocasiones la Musa; y la del extremo inferior derecho, las sombras que proyecta mi sueño sobre una de las tres lomas que encasta la cortijada de Al-Mariyat Bayyana.

Entró mentalmente dentro de mi sueño con el propósito de desvelar su secreto. Hollando un suelo árido salvó el obstáculo que representaba los troncos y la telaraña, pero una rambla le cortó el paso en seco. El velo de la Musa flotaba, movido por una débil tramontana, delante de ella a una distancia imprecisa, tapando buena parte del cielo con un brillo fantasmal. Notaba una mirada clavada en la nuca y giró la cabeza: vio que la araña la observaba atentamente. Le pareció que le indicaba que se fijase en el despeñadero. La música dirigió su mirada a la oquedad llena de tinieblas mientras a su alrededor unos demonios y diablesas iban y venían. Encendió una antorcha con la esperanza infundada de que el humo los espantaría. Caviló que aquellos espíritus poseían una inteligencia instintiva y capacidad de supervivencia muy superior al vaivén de ritos y dogmas de la religión del viejo Satanás, siendo más antiguos que él. Dejó caer la candela a la hoya, y la endeble lumbre, reflejada en unos cristales relucientes como enormes bloques de hielo, le permitió entrever una geoda de proporciones gigantescas. Imposible retirar el velo de la Musa para desvelar su desnudez, era inalcanzable; imposible no oír esas palabras, ¡aquellas palabras…!, y el canto, opaco, espeluznante, rebosante de angustia, del viejo compositor, del viejo castrado lleno de pánico.

En mi sueño, en la parte superior izquierda, una quimera anónima, alada y desnuda, danzaba en medio de un celaje preñado de presagios; en el suelo, en la parte inferior derecha, sobre el pedregal, una bestezuela de largo hocico, color violeta espectral, matizado de púrpura, porfiaba, con una agresividad extrema, por tragarse entero el solsticio de verano, trágicamente e inexorable; y en la mitad del velo ondeando silenciosamente sobre la trampilla ciclópea que se abría amenazante con un desmayado destello de muerte, se balanceaba la araña levemente ante mis ojos mentales. La quimera anónima, montada sobre una nube de tonalidad sepia, entre tapándose con el velo, bailaba ahora obscenamente, y la música, con sus ojos, me cantaba: “¡Ven a buscarme en una noche de luna llena para amarme bajo las estrellas!” El velo fue envolviendo lenta y suavemente la araña hasta engullirla; y muy despacio, todo fue desvaneciéndose, desvaneciéndose, hasta disiparse por completo. Fuera del sueño ya anochecía. La música decidió entrar en nuestro cortijo sabiendo que se había producido una síntesis alquímica mientras holgazaneaba a mi vera. Y, mirando por encima de mi hombro, se percató de que el acróstico formado por las primeras palabras de cada uno de los seis párrafos de mi cuento rezaba: Vagueando bajo el sol la música entró en mi sueño.

Las Canalejas, Cuevas del Almanzora, Almería, 18 de julio de 2019

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