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Selene y la compositora (Cuento 1)

Los humanos tenemos la íntima certeza de la trascendencia de la música, aunque se nos manifieste de una forma más o menos difusa. Y de todos sus géneros, el sinfónico nos parece el adecuado para producir las emociones más profundas; y el apropiado para provocar la limpieza de nuestro entendimiento, estimación y sentimiento, a fin de equilibrar nuestro interior: es decir, la producción de la catarsis. De tal manera que, cuando acabamos de escuchar una gran sinfonía, la vida y la muerte parecen, de repente, cobrar sentido.

Las manifestaciones físicas de este efecto purificador van desde un hormigueo en la columna vertebral hasta la expansión del plexo solar, pasando por la piel de gallina, notar un nudo en la garganta y el incremento de los latidos cardíacos. Su clímax es el lloro.

Esto, en parte o todo, ha de tener lugar dentro del marco temporal de la misma obra. Con esta finalidad, el compositor combina diestramente los ritmos, melodías, contrapuntos y armonías musicales, con la intensidad, el tono, el timbre y la duración del sonido y lo plasma por escrito en una partitura. Porque la razón última que hace que una sinfonía sea buena no es su calidad técnica, que se da por supuesta, sino la fuerte emoción que causa en el oyente. Sin esta conmoción anímica la sinfonía deviene mediocre, y, si además sufre de ciertas deficiencias técnicas, directamente es mala.

Estas culminaciones psíquicas pueden jalonar la obra entera o bien concentrarse en un solo punto; depende todo de la intención o de la habilidad del autor. Y, para alcanzar la culminación, hace falta que la música realice una gradación sensitiva ascendente. Ahora es el momento de preguntarnos cuánto tiempo es necesario para que se produzca el sobredicho impacto emotivo.

El autor sabiamente habrá ido colocando a lo largo de los minutos hitos emocionales en orden creciente hasta el clímax principal, que puede situar en el lugar de la obra que él considere oportuno. Ahora bien, los primeros veinte minutos de la obra son capitales, es donde el compositor crea las expectativas y el tono general de la sinfonía, rebasados los cuales él se desprende de sí mismo, queda sin voluntad propia y se deja llevar por lo que la Musa, susurrando, le dicta al oído.

Llegados a este punto el auditorio ya toma conciencia de que la cosa va en serio, que se está forjando la tragedia y que el prodigio está sucediendo delante de sus propios ojos. Y lo que la Musa le va susurrando talmente como un aliento suave y perfumado, si no se mantiene atento deviene un hálito acre, fétido y pestilente, tal es el obsequio que ofrece la habitante del Parnaso a quien no cumple su observancia. Es entonces que el poder de la música, energía que hace vibrar la materia, no tiene efecto en nuestro espíritu.

Mas si el artista sigue rigurosa y humildemente el mandato, la obra se alza fascinante y embrujada y nos cuenta cosas…, sí, cosas de nosotros mismos y de un universo que, en un tiempo perdido, todos conocíamos y hemos olvidado; y en su cimbreo sónico las aguas de nuestro estanque interior se agitan y de ellas surge un tótem abisal que nos canta melodías inauditas que, en contrapunto con la música que suena, nos revela armonías que hacen que el caos se ordene y desordene con un tempus inexorable hacia un rumbo de colisión despiadado.

Dicha colisión tiene efecto entre el minuto cuarenta y cinco y el setenta y cuatro, límite prudencial de tiempo para que el músico concluya su obra y no tense la capacidad de concentración del oyente. Después de esto todo se desvanece y regresa de donde ha salido. Pero una brizna de aquella música ya ha penetrado nuestra esencia, y, consciente o inconscientemente, ya forma parte de nosotros.

Y la compositora, dócil con la divinidad, ya en la soledad de su estudio, se pregunta qué ha pasado, qué fuerzas ha convocado. Ella sabe a quien ha rezado, qué ritos ha utilizado y cómo ha alterado artificialmente su consciencia para llevar a cabo su obra; pero continúa sin explicarse ciertas cosas. Su sinfonía es la mejor de entre las suyas, se lo han dicho y ella lo sabe.

Una noche de superluna la compositora sube a la Montaña Mágica, cerca de su casa, y se sienta en el banco de piedra al borde de una balsa. Prende una vela escarlata y espera la llegada de la noche intempestiva. Poco a poco, muy despacito, va apareciendo el reflejo de la diosa sobre las aguas inmóviles. Y finalmente se muestra, espléndida, la de la fúlgida faz, Selene, que, con voz argentina, le dice estas palabras:

—Compositora de gran ardid, que tantísimo erraste, después que del propio Prometeo arrebataste el fuego; muchos dolores, lo que eres tú, componiendo sufriste en tu ánimo, haciendo por manifestar tu genio; mas ni así tu producción anterior salvaste, aun deseándolo, ¡insensata!, que Cronos devoró.

Y mirándola, la compositora modestamente respondió:

—Mi señora Selene, estoy en tus manos, ¿qué he de hacer?

Y respondió entonces la diosa de fúlgida faz, Selene:

—No pienses, silencia tu mente; luego arrodíllate y ora con sencillez en voz alta y déjate llevar por el Dios que allá arriba está, por encima de todos nosotros.

Y mirándola, la compositora modestamente respondió:

—Mi señora Selene, ¿sólo esto?

Y toda enfurecida, le dijo Selene:

—¡Poco te parece porque estás llena de vanidad y de orgullo! ¿Qué sabes tú, mortal, de la verdad, que sólo puedes captar su tenue reflejo a través de la música? ¿Qué hablas de veinte minutos, de cuarenta y cinco o de setenta; qué sabes tú de todo ello? Obedece a tu Musa y sacrifícale lo que te mande; ofrécele tu propia vida, si te la pide, y tenla siempre contenta; que ella, si quiere, hará que puedas cantar el Gran Misterio, aunque sea a través de un velo.

Despidiéndose de ella, la compositora apagó la vela, y, sobre la imagen de la Luna reflejada en el agua, derramó la cera escarlata.

Ciudad de Barcelona, 2 de abril de 2019

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