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Diálogo de la luna y la compositora (Cuento 1)

Tengo la íntima certeza de la trascendencia de la música, aunque se me manifieste de una forma más o menos difusa. Y de todos sus géneros, a mí, como compositora, el sinfónico me parece el adecuado para producir las emociones más profundas; y el apropiado para provocar la limpieza del entendimiento, estimación y sentimiento de los oyentes, a fin de equilibrar su interior: es decir, la producción de la catarsis. De tal manera que, cuando acabemos de escuchar una gran sinfonía, la vida y la muerte parezcan, de repente, cobrar sentido.

Las manifestaciones físicas de este efecto purificador van desde un hormigueo en la columna vertebral hasta la expansión del plexo solar, pasando por la piel de gallina, notar un nudo en la garganta y el incremento de los latidos cardíacos. Su clímax es el lloro.

Esto, en parte o todo, ha de tener lugar dentro del marco temporal de la misma obra. Con esta finalidad combino diestramente los ritmos, melodías, contrapuntos y armonías musicales, con la intensidad, el tono, el timbre y la duración del sonido y lo plasmo por escrito en una partitura. Porque la razón última que hace que una sinfonía sea buena no es su calidad técnica, que se da por supuesta, sino la fuerte emoción que causa en el oyente. Sin esta conmoción anímica la sinfonía deviene mediocre, y, si además sufre de ciertas deficiencias técnicas, directamente es mala.

Estas culminaciones psíquicas pueden jalonar la obra entera o bien concentrarse en un solo punto; depende todo de mi intención o de mi habilidad. Y, para alcanzar la culminación, hace falta que la música realice una gradación sensitiva ascendente. Ahora es el momento de preguntarme cuánto tiempo es necesario para que se produzca el sobredicho impacto emotivo.

Sabiamente habré ido colocando a lo largo de los minutos hitos emocionales en orden creciente hasta el clímax principal, que puedo situar en el lugar de la obra que considere oportuno. Ahora bien, los primeros veinte minutos de la obra son capitales, es donde creo las expectativas y el tono general de la sinfonía, rebasados los cuales me desprendo de mí misma, quedo sin voluntad propia y me dejo llevar por lo que la musa, susurrando, me dicta al oído.

Llegados a este punto el auditorio ya irá tomando conciencia de que la cosa va en serio, que se está forjando la tragedia y que el prodigio está sucediendo delante de sus propios ojos. Y lo que la musa me va susurrando talmente como un aliento suave y perfumado, si no me mantengo atenta, deviene un hálito acre, fétido y pestilente, tal es el obsequio que ofrece la habitante del Parnaso a quien incumple su observancia. Es entonces que el poder de la música, energía que hace vibrar la materia, no tiene efecto en nuestro espíritu.

Mas si sigo rigurosa y humildemente el mandato, la obra se alza fascinante y embrujada y me cuenta cosas…, sí, cosas de nosotros mismos y de un universo que, en un tiempo perdido, todos conocíamos y hemos olvidado; y en su cimbreo sónico las aguas de nuestro estanque interior se agitan y de ellas surge un tótem abisal que nos canta melodías inauditas que, en contrapunto con la música que suena, nos revela armonías que hacen que el caos se ordene y desordene con un tempus inexorable hacia un rumbo de colisión despiadado.

Dicha colisión tiene efecto entre el minuto cuarenta y seis y el setenta y cuatro, límite prudencial de tiempo para que yo concluya mi obra y no tense la capacidad de concentración del oyente. Después de esto todo se desvanece y regresa de donde ha salido. Pero una brizna de aquella música ya ha penetrado nuestra esencia, y, consciente o inconscientemente, ya forma parte de nosotros.

Y yo, dócil con la divinidad, ya en la soledad de mi estudio, me pregunto qué ha pasado, qué fuerzas he convocado. Yo sé a quien he rezado, qué ritos he utilizado y cómo he alterado artificialmente mi consciencia para llevar a cabo mi obra; pero continúo sin explicarme ciertas cosas. Mi sinfonía es la mejor de entre las mías, me lo han dicho y lo sé.

Una noche de superluna subo a la Montaña Mágica, cerca de mi casa, y me siento en el banco de piedra al borde de una balsa. Prendo una vela escarlata y espero la llegada de la noche intempestiva. Poco a poco, muy despacito, va apareciendo el reflejo de la diosa sobre las aguas inmóviles. Y finalmente se muestra, espléndida, la de la fúlgida faz, Selene, que, con voz argentina, me dice estas palabras:

—Compositora de gran ardid, que tantísimo erraste, después que del propio Prometeo arrebataste el fuego; muchos dolores, lo que eres tú, componiendo sufriste en tu ánimo, haciendo por manifestar tu genio; mas ni así tu producción anterior salvaste, aun deseándolo, ¡insensata!, que Cronos devoró.

Y mirándola, modestamente respondí:

—Mi señora Selene, estoy en tus manos, ¿qué he de hacer?

Y respondió entonces la diosa de fúlgida faz, Selene:

—No pienses, silencia tu mente; luego arrodíllate y ora con sencillez en voz alta y déjate llevar por el Dios que allá arriba está, por encima de todos nosotros.

Y mirándola, modestamente respondí:

—Mi señora Selene, ¿solo esto?

Y toda enfurecida, me dijo Selene:

—¡Poco te parece porque estás llena de vanidad y de orgullo! ¿Qué sabes tú, mortal, de la verdad, que solo puedes captar su tenue reflejo a través de la música? ¿Qué hablas de veinte minutos, de cuarenta y seis o de setenta y cuatro; qué sabes tú de todo ello? Obedece a tu Musa y sacrifícale lo que te mande; ofrécele tu propia vida, si te la pide, y tenla siempre contenta; que ella, si quiere, hará que puedas cantar el Gran Misterio, aunque sea a través de un velo.

Despidiéndome de ella, apagué la vela, y, sobre la imagen de la Luna reflejada en el agua, derramé la cera escarlata.

Ciudad de Barcelona, 2 de abril de 2019

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