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Palabras de la Musa a la compositora (Cuento 2)

Me impone tu noche penitencial no componer ni un sonido. Ni la luna puede mostrarme, con su reflejo, el camino que baja a la rambla para escarbar en busca de agua. Maldita noche tuya, cerrada, insana, viejo sueño negro tendido en tu cama. ¿Recuerdas que tu noche pesarosa me pedía velas, tucos de tabaco para fumar y ron para beber? Subíamos por la falda norte hacia la fuente. Ella, tú y yo, a la espera de la hora antinona; a la espera de que la superluna de gusano alcanzase el perigeo. En el monte, velas rojas, tabaco y ron.

Cruzo, bajo la luna menguante, el amplio lecho de grava y arena. Me abro paso a través de un cañaveral hasta la base de la escarpadura. Escucho los ruidos huidizos de los habitantes de las tejoneras que han salido por la breña a cazar. Alguno gruñe porque lo molesto sin querer. ¿Recuerdas que ella reclamaba con su silencio ensordecedor instrucciones para consagrar tu obra? Yo desenvolvía el paño oscuro de seda que cubría el mazo y extendía los naipes boca arriba para magnetizarlos. Tú fumabas y mirabas la luna.

Me asomo a la boca de una madriguera y veo dos pequeñas lunas llenas horizontales. Poco tardo en percatarme de que es un tejón que me mira y me llevo un susto. Me aparto de su guarida y busco un paso para subir la escarpa. Las zarzas arañan mi piel. Con la débil luna no veo casi nada. La bóveda celeste está llena de estrellas. ¿Recuerdas que desde la distancia nos observaban unos ojos, tras una jamba de los restos del antiguo umbráculo? La luna se mostraba espléndida. “Ya es la hora, enciende la vela y los puros y sirve los tragos”, te dijo tu noche. Hacía frío.

Alcanzo la orilla sur de la rambla y me encuentro en la planicie que se extiende entre el lecho dormido y la sierra; esta recorta, como una sombra, el cielo oscuro. Camino entre bancales hacia poniente. Pienso en los gusanos que sin querer estaré pisando. ¿Recuerdas que escuchamos los sueños fugaces, y vimos los miedos saliendo por encima de los pelados cabezos a cazar? Finalmente me tendí entre tu noche y tú. Yo pensaba en nada mientras caminaba mentalmente entre estrellas huidizas.

Me topo con el camino que conduce a la cortijada. Me siento en un banco mientras observo la conjunción de la joven Selene en su cuarto con un Venus relumbrante. No sé por qué me viene a la mente el tactus de la segunda parte de tu obra. Un día me contarás cómo lograste crear ese efecto. Ella te ayudó, seguramente. ¿Recuerdas que luego bajamos a tu estudio, y que tu noche pidió más ron y música, y que yo tiré las cartas y te las hice leer, y que tú hiciste una lectura literal, y que yo os dije que veía cosas desagradables, y bailé, y tu noche me dijo que nunca antes me había visto bailar? Yo entonces supe que habría un antes y un después de aquello.

Noto que necesito agua, el agua que no da esta tierra. Me siento con la piel y las entrañas resecas. Hace frío, no obstante me zambulliría en un lago sólo para poder ver las ondas que produciría mi cuerpo deslizándose entre las aguas. Y bebería de ellas hasta saciar mi sed interna y revivir. ¿Recuerdas cómo salió tu noche por la puerta y, de repente, su cuerpo desnudo recibió un baño de luna? ¿Y cómo se azoró y nos miró con ojos de loca? Tú te plegaste, asustada, a sus deseos. Pero ahí quedé yo, desahuciada y enterrada en un cauce seco en estado de vida latente. Medio muerta de miedo.

Llego a casa y me pregunto a qué he salido. Supongo que he paseado de noche por los campos debido a alguno de esos barruntos que me dan. Abro la puerta de tu habitación y te veo dormida. Te voy susurrando esto al oído mientras espero acontecimientos, y mañana, cuando despiertes, lo recordarás todo de una manera vaga. De todos modos, las dos sabemos, tú y yo, lo que tenemos que hacer, cuando se presenten. ¿Recuerdas cuando nos asomamos a las aguas del estanque que rodea la fuente y nos vimos las tres reflejadas? Qué ocurrió después, ¿lo puedes tú explicar? Porque después de esto nada ha vuelto a ser igual.

Abro tu escritorio y leo tu partitura mentalmente a tiempo real. Según me dijo Selene, tanto era tu escrúpulo de lo que ella te iba dictando, las noches en que aparecía espléndida, que no te atrevías a salir a la calle para verla. Puedo comprender tu recelo y desagradecimiento. Sin embargo, hacia el cuarto final de tu música, es indudable que es ella quien va marcando el tactus de tu alma. ¿Recuerdas cómo al fin pudiste zafarte de tu noche y hallar refugio en mi cortijo? Te impuso tu noche penitencial componer el silencio. Pero Selene podía mostrarte, con su reflejo, el camino que baja a la rambla para escarbar en busca de agua. Bendita noche nuestra, despejada, lúcida, nuevo sueño iluminado que, arqueado, nos aboveda.

Has de saber que yo te ayudaré en la composición de la tercera parte de tu obra, pero antes debes revivirme. Ya has caído en la cuenta de que yo, sin tu pasión incondicional, no existo; que es tu amor y deseo lo que me hace vivir; que soy hija de tu energía y de tu memoria. ¿Recuerdas que después del mandato de silencio de tu noche me adoraste como nunca? ¿Y cómo te serenaste y me miraste con ojos de devoción? Tú te plegaste, animada, a mis deseos.

Voy a acostarme contenta a tu lado, pues sé que, aunque dormida y arrebujada en nuestro yermo lecho, tú me resucitarás al invocarme. Ya no debemos de tener miedo. ¡Pero durante cuántos años me has buscado!, ¿verdad, cariño? Y me tenías a tu vera… ¿Recordarás mañana al despertar que quien en tu sueño te ha besado en los labios he sido yo? Con las lágrimas que te quedan por derramar me resucitarás, ellas llenarán las ramblas que surcan esta tierra árida, y yo te ayudaré a encauzarlas para que rieguen tu vida y tu obra. Te amo, mujer mortal.

Las Canalejas, Cuevas del Almanzora, Almería, 2 de marzo de 2020

Comentarios

  • Miedo a la noche aterciopelada
    3 marzo, 2020

    Muy bonito tu paseo nocturno por la yerma andalucia. Preferiria pasear por el paralelo de Barcelona y tomarnos unas cervezas en la terraza del Íbiza y luego subir a tu casa

  • Joan Carles Sender Campoy
    31 marzo, 2020

    Muy amable por tus palabras sobre mi pobre cuento. La amada Andalucía es mi segunda patria, como la tuya. Y claro que pasearemos por el bello Paralelo, y yo, al menos, me emborracharé con todas las cevezas y el Jack Daniel’s que haga falta, ahí donde haya un bar con terraza abierto. ¡Qué ganas tengo de verte! Cuando, al día siguiente, bajemos a desayunar, te tocará a ti decidir dónde vamos. Ya hace un año que estoy en Almería y las cosas, cuando regrese, habrán cambiado tanto…

    J. C. Sender

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