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La compositora y la sombra (Cuento 6)

Soy la musa de la compositora. Este cuento que estás leyendo lo ha escrito y publicado el autor bajo mandato expreso mío. Ella, mi amada mortal, me creó con su fe, luego existo. 

Esta noche la visito aunque no me ha invocado. Me extraña que no lo haya hecho durante este último año. La hallo en su escritorio. Está tecleando en su ordenador de sobremesa. La noto atribulada. Leo lo que va escribiendo en su diario:

«Hace días que estoy encerrada en mi estudio en completa soledad y me gustaría poder expresarme bien y tener la valentía de decirme algo a mí misma.

»Mi exconciencia me convenció para que me visitara una psiquiatra. Fuimos y salí de la consulta con un diagnóstico: trastorno de la personalidad. Bueno, en el papel ponía: posible T. P., y yo supuse eso. Me derivó a una psicóloga, aduciendo que mis problemas no se curaban con pastillas, sino que era un problema de disparidad [sic]. Ahora que acabo de escribir esto caigo en la cuenta de que seguramente me confundí yo, o que lo leí mal. En fin, que acudí con mi por aquel entonces conciencia, la cual comenzó por despacharse a base de bien conmigo; le dijo a la psicóloga que yo era una bohemia, una vagabunda, que me acostaba con hombres y con mujeres, que daba mis clases borracha, que no sabía cómo mis alumnos me aguantaban, que tengo doble personalidad, que la culpa de todo la tenía mi madre, que no salgo de casa durante semanas, y que cuando lo hago es para ir a los bares, que no creo en mí misma, que me autodesprecio, que no tengo amigos, que cómo es posible que después de haber compuesto una obra tan buena que la había emocionado tanto consintiese en que la firmara J. C. Sender, otro compositor tan chalado como yo, y que si patatín y que si patatán. 

»De regreso a casa paro un taxi, ella después para otro, y yo le grito: “¡Coño, que nos está ya esperando uno!” Se me acerca y noto un puñetazo en la boca del estómago que me dobla. La gente se gira a mirarme. Me hace recoger las gafas de sol del suelo y me sube al coche a empujones. Durante el trayecto (suerte que era corto) me pegó una bronca que el taxista debió de alucinar conmigo. Decidimos no subir a casa e irnos a tomar algo en una terraza. “¡Esto te pasa por puta barata y por sinvergüenza! —me continuaba diciendo— ¡A palos vas a aprender a ser una mujer! ¡Ten, tómate tu cerveza, a ver si revientas de una vez!”. Casi me la tira toda por encima.»

Veo que mi amada mortal se levanta de su butaca de trabajo y exhala un suspiro. Se enciende, temblando, un cigarrillo. Y parece que está releyendo lo que acaba de escribir… La escucho mascullar: “Madre mía, qué vergüenza! ¿Cómo me dejé anular tanto por esa loca? Justo ahora hace un año de todo eso.” Gira sobre sus talones y observa el rincón donde yo estoy; durante un momento me está mirando sin verme. Levanta sus ojos, mira el reloj de pared y se cruza de brazos temblando y sin dejar el cigarrillo. Dice para sí: “Las tres.”

Se va formando a nuestro lado, poco a poco, una masa oscura que emite una serie de ruidos ahogados llenos de interferencias oxidadas.

Oigo que por fin esa sombra habla:

—¿Tú sabes quién yo soy y a quién yo sirvo?

Mi amada agacha la cabeza mientras apaga lenta y reconcentradamente el cigarrillo en el cenicero. Parece que también la ha escuchado, ya que la siento musitar, ensimismada y ya aparentemente tranquila:

—Te esperaba.

—Yo soy la mano hábil, pero muerta, que trata de ocultar, que no se vea, el trato de mi amo con los vivos —responde la sombra. 

Y contesta mi amada mortal con súbita furia:

—Sé quien eres. ¡Desintégrate y regresa a la tumba de la que nunca debiste salir!

Y, arrodillándose y juntando sus manos ante su cara, mirándome fijamente como si me viera, me grita con sus ojos:

—Madre mía, perdóname el daño que he hecho a la gente, queriendo o sin querer, que a quienes me han ofendido yo los perdono a todos. Líbrame de todo mal, salva mi alma, aunque ruin y miserable. ¡Ayúdame, madre, ayúdame! Que yo, con mi música y bajo tu amparo, cantaré la gloria de Dios. Así sea.

—Bien sabes quien no soy y a quien no sirvo. No soy la mano inhábil, indecisa, que trata de mostrar siempre su presa de forma clara, muerta pero viva— le contestó, barboteando, la boca repleta de orín de la sombra.

—¡Basta ya! Dios está conmigo y no dejará que me confundas.

—Yo soy lo que tú buscas, ¡inmortal! ¿Te ves capaz de acostarte conmigo y engendrar mis sones en tu sima?

—¿Quién te crees tú que eres para hablarme así, sabandija? No te apures, que te pisotearé hasta acabar contigo… Tú no eres nadie, ¡solo un maldito gusano del demonio! 

—Sospechas bien quien es mi amo, ¡cerda! El que de noche gruñe y te grita que dejes todo: ¡quien te impide amar!

 

Las Canalejas, Cuevas del Almanzora, Almería, 31 de marzo de 2020

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