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De la musa al autor (Poema 2)

Montas tu bestia con las riendas sueltas.

Acariciando su alta grupa de oro

ves su cabeza que se agacha mansa,

agradecida.

 

Pisa tu bestia huesos blancos, fríos. 

Gritan crujiendo los saberes viejos

de hombres siniestros, de mujeres sabias

que les rezaron.

 

Poso tu bestia sobre mi hombro izquierdo.

Es mi vigía columbrando mares

que el viento azota con la fuerza helada

de los olvidos.

 

Velas mis sones en tus noches negras.

Sones que vibran en tus días claros.

Lloras con flautas mis atardeceres

de terciopelo.

 

Quieta en silencio, sin que tú que me escuches,

cazo sonidos a medida tuya.

Sueñas mi boca derramando notas.

¿No las enjaulas?

 

Forjo tu numen de tormentas de aire.

Bato mis alas invisibles bajo

bóveda ciega que descifra todas

tus partituras.

 

Largos caminos llevas recorridos;

penando tu alma, destruyendo años

en pudrideros escondidos dentro

de madrigueras.

 

Mente perversa, fábrica de sombras;

vagabundeas cínico sin rumbo.

Calzas tus botas sucias que te engullen

los pensamientos.

 

Soy de Almería, tierra dura y seca.

¿Te imaginabas encontrarme viva

en los lugares en que grajos ciegos

huelen la muerte?

 

Siempre ha llovido fuego sobre nuestro.

¿Cierto, cariño? ¿Escuchaste el cuento

que nos contaron de la muerta abuela

cuando era joven?

 

Tapan tus nubes a mi media luna.

¿Crece o decrece? Ni tú mismo sabes.

Bien te parece lo que desconoces

sobre mí misma.

 

Sopla un poniente denso de noviembre.

Cierras los ojos para ver más claro.

Desde tu noche notas luces negras

y cegadoras.

 

¿Me necesitas tanto que me invocas?

¿No te sentías poderoso, hombre?

Al invocarme despertaste cosas

que desconoces.

 

Tú, buhonero, vendes humo espeso.

Haces acopio de saberes viejos

y los pregonas a los cuatro vientos,

por todo el orbe.

 

Íncubo viejo, brasas echas sobre

aguas heladas de encharcadas ramblas.

Sapos dormidos muy temprano escupen

babas de fuego.

 

¡Trucos baratos, mentiroso artista!

De postureo, lames lenguas rojas 

de tus diablesas, que levantan vientos

con sus sonrisas.

 

Mientes, compones, haces ver quimeras.

Para esconderte tras opacos velos,

te capacitas, pactas diariamente

con tu demonio.

 

Suelto el amarre que las tiene presas.

Ensimismadas, tras agrestes sierras,

donde parieron los horrores, vuelan

aves extrañas.

 

Huelen los mares que se ocultan lejos

de tu mirada y de tu memoria.

Pasan rasantes por encima tuyo

sin poder verte.

 

Tuercen el ritmo de las nubes grises

hasta girarlas por completo hacia

donde te encuentras; pescan peces ciegos

que desconoces.

 

En hondas minas paren sombras negras;

ahí anidan sones que se ocultan

de tus oídos de cobarde humano.

Tú no comprendes.

 

¡Mar, mar, mar, agua! ¡El salitre blanco

con que socavo y reviento todo

lo que se opone a mis voluntades

de hija de Zeus!

 

¿Oyes, amado, lo que digo ahora,

en esta noche de tormenta seca?

Arma tu mente, que penetre gruta

nunca hollada.

 

En tu cortijo, casi sin estrellas,

bajo mi velo verde, hazme tuya.

Concebiremos semidioses sobre

constelaciones.

 

Solo te pido que me cantes siempre.

¡Hasta que mueras, hasta el fin del mundo!

Aunque no veas nunca más la musa

que te ha amado.

 

   En mi cortijo, Almería, 27 de noviembre de 2020

 

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