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Palabras de la musa al autor (Cuento 9)

Montas tu bestia con las riendas sueltas. Acariciando su alta grupa de oro ves su cabeza que se agacha mansa, agradecida. Pisa tu bestia huesos blancos, fríos. Gritan crujiendo los saberes viejos de hombres siniestros, de mujeres sabias que la ocultaron. Poso tu bestia sobre mi hombro izquierdo. Es mi vigía columbrando mares que el viento azota con la fuerza helada de los olvidos. Velas mis sones en tus noches negras. Sones que vibran en tus días claros. Lloras con flautas mis atardeceres de terciopelo. Quieta en silencio, sin que tú que me escuches, cazo sonidos a medida tuya. Sueñas mi boca derramando notas. ¿No las enjaulas?

Forjo tu numen de tormentas de aire. Bato mis alas invisibles bajo bóveda ciega que descifra todas tus partituras. Largos caminos llevas recorridos; penando tu alma, destruyendo años en pudrideros escondidos dentro de madrigueras. Mente perversa, fábrica de sombras; vagabundeas cínico sin rumbo. Calzas tus botas sucias que te engullen los pensamientos. Soy de Almería, tierra dura y seca. ¿Te imaginabas encontrarme viva en los lugares en que grajos ciegos huelen la muerte? Siempre ha llovido fuego sobre nuestro. ¿Cierto, cariño? ¿Escuchaste el cuento que nos contaron de la muerta abuela cuando era joven?

Tapan tus nubes a mi media luna. ¿Crece o decrece? Ni tú mismo sabes. Bien te parece lo que desconoces sobre mí misma. Sopla un poniente denso de noviembre. Cierras los ojos para ver más claro. Desde tu noche notas luces negras y cegadoras. ¿Me necesitas tanto que me invocas? ¿No te sentías poderoso, hombre? Al invocarme despertaste cosas que desconoces. Tú, buhonero, vendes humo espeso. Haces acopio de saberes viejos y los pregonas a los cuatro vientos, por todo el orbe. Íncubo viejo, brasas echas sobre aguas heladas de encharcadas ramblas. Sapos dormidos muy temprano escupen babas de fuego.

¡Trucos baratos, mentiroso artista! De postureo, lames lenguas rojas de tus diablesas, que levantan vientos con sus sonrisas. Mientes, compones, haces ver quimeras. Para esconderte tras opacos velos, te capacitas, pactas diariamente con tu demonio. Suelto el amarre que las tiene presas. Ensimismadas, tras agrestes sierras, donde parieron los horrores, vuelan aves extrañas. Huelen los mares que se ocultan lejos de tu mirada y de tu memoria. Pasan rasantes por encima tuyo sin poder verte. Tuercen el ritmo de las nubes grises hasta girarlas por completo hacia donde te encuentras; pescan peces ciegos que desconoces.

En hondas minas paren sombras negras; ahí anidan sones que se ocultan de tus oídos de cobarde humano. Tú no comprendes. ¡Mar, mar, mar, agua! ¡El salitre blanco con que socavo y reviento todo lo que se opone a mis voluntades de hija de Zeus! ¿Oyes, amado, lo que digo ahora, en esta noche de tormenta seca? Arma tu mente, que penetre gruta nunca hollada. En tu cortijo, casi sin estrellas, bajo mi velo verde, hazme tuya. Concebiremos semidioses sobre constelaciones. Solo te pido que me cantes siempre. ¡Hasta que mueras, hasta el fin del mundo! Aunque no veas nunca más la musa que te ha amado.

 

   En mi cortijo, Almería, 27 de noviembre de 2020

 

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