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Zeus habla al compositor (Cuento 12)

Focos opacos comen moscas negras. Faros sin luces proyectando sombras eructan gases tóxicos de muerte antes del día. Miro y no veo. Oigo y no escucho. Palpo y no siento. Gusto sus quejidos. Huelo la sangre que ya se coagula sobre la arena.

Víboras paren huevos destinados a las bodegas de un navío, flete sin tripulantes que avanza hacia las cataratas. En la cubierta duerme el miedo. Viaja bien protegido por las bestias: velan sueños, encubren la intención siniestra de vuestros dueños.

Embarcaréis vuestras almas hacia acantilados cuyas aguas brotan miles de sierpes como en un bucle helicoidal. Atrás quedaron los bajeles negros rumbo a una isla que los llantos bañan; isla de muerte donde cantan aves desconocidas.

Lanzo mi mente. Pirateo costas. Ahorco lo inútil. Leo mapas. Busco quienes rompieron los espejos para ajusticiarlos. Sin que las luces de la luna ciega caigan encima de los mares grises, bajo telones, terciopelos tintos, hasta el infierno.

Moscas, caminos, Zeus terrible. Gritan, truenan tus voces dentro de cavernas. Oigo tus nubes que me incitan verte dentro del viento. Sin que la lluvia de la noche impida oír susurros que se escuchan limpios tras los cristales de mi casa, aislada en altos cerros. Gracias, mi padre, por haberme dado paz en mi vida; gracias por haberme puesto en mi sitio, lejos de siniestros mares sin luces.

Coges mi mano; trazas dos palabras: «Yo soy.» Te miro. Veo que me miras. Dices: «No tiembles.» Y yo tiemblo porque sé quien me habla. Miro tu letra, tus palabras rojas. Leo tu escrito, verbo de batalla. Caigo en la cuenta de que soy un hijo más de la guerra. Dictas y copio; nadie más escucha, verbo divino, solo yo en la noche junto a mi musa, que creaste para ser confidente:

«Lanza a tu musa, que recorra vías no transitadas; que te cuente cosas de vida y muerte, del amor divino, de lo oculto. Conoceréis las infames luces por su negrura, subrepticios actos y omisiones de deberes para con los destellos. Violan la muerte, son las amas: dictan resurrecciones; iluminan diablos; lamen el culo verde, putrefacto, de ratas negras. Sucias bastardas: penetran blancos huesos, pellejos secos, malolientes odres vacíos que desdeñan luego de reventarlos. Pérfidas velas, almas putrefactas: condenaréis vuestra cera oscura.

»Circunferencia, negativo radio, imaginaria habitaréis; poliprismas negros en laberintos condenados, sucios de pesadillas, sin salida alguna. ¡Hijas del diablo! Os ahogaréis en los puses negros de los bubones que habéis criado en vuestra mente vieja y maligna, ¡monstruos hambrientos! Por el maltrato del entendimiento, proxenetismo del celeste cuerpo, seres inicuos: ¡renunciad por siempre toda esperanza!

»Pátinas grises oscurecen lunas. Hongos motean blancas hojas tiernas. Vermes lechosas se alimentan llenas de podredumbre. Fin de los tiempos. Tubas, cornos acres, cobres que oxidan los metales duros, ya os anuncian el heraldo negro de vuestra muerte.»

Así me hablaste, padre, y lo escribo para que hombres y mujeres sepan que tras tu rayo mienten los misterios perpetuamente.

 

                                                               Villa del Cerro, Bogotá D.C., 3 de septiembre de 2021

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